Hace sólo unas horas que he vuelto de un viaje a Granada. Aunque sospechaba el destino, ha sido una sorpresa de mi marido, que me lo ha regalado por SU cumpleaños. Hemos aprovechado para descansar, para ver a una amiga que vive allí, para comer grandes cantidades de aceitunas y para comprobar que Granada le saca mucha ventaja en tapas a Ciudad Real. Valga como ejemplo que hemos pasado dos días sin comer ni cenar en el sentido de sentarnos a comer o cenar, sino que nos hemos alimentado de tapas desde el viernes a mediodía hasta hoy, que hemos vuelto a Ciudad Real, donde nos esperaba una sopita hecha al estilo de la abuela.
Deberían recetar estas escapadas. Devuelven la vida. El viernes por la tarde, después de echarnos una buena siesta, pasamos una hora haciendo un circuito de piscinas en el spa. Si fuera multimultimultimillonaria me haría un spa en casa. El pequeño problema es que todo el cansancio acumulado (hay un grupo en Facebook que se llama algo así como "yo ya nací cansado y con sueño atrasado") salió a flote y el sábado apenas podía levantarme de la cama. Dos amigas y mi marido se ocuparon de arrastrarme cual zombi durante unas 12 horas por todo el centro de Granada, de bar en bar. Y lo de 12 horas no es una exageración: salimos a las 11 de la mañana y volvimos a las 11 de la noche.
Hoy, vuelta a casa. Porque unas vacaciones no son completas si no hay vuelta feliz a casa. Dos horas y media de carretera desierta canturreando felices en el coche. El viaje en sí es uno de mis momentos preferidos de los viajes. No obstante, el síndrome post-vacacional me ha abrumado nada más abrir la puerta de mi hogar, dulce hogar. Sopa y siesta después, mi ánimo está mucho mejor. Voy a terminar el domingo peleándome con los pinceles. Mañana, lunes, será otro día.
domingo 22 de noviembre de 2009
martes 17 de noviembre de 2009
Una cuenta atrás que no es tal
Son bastantes los lectores que me preguntan por qué el blog se sigue llamando La cuenta atrás si ésta ya pasó y, de momento, no he empezado ninguna otra. Hoy escribo para anunciar, pues, otra countdown que no se puede denominar así porque no tiene fecha de ejecución aún. Señores y señoras, voy a prepararme una oposición. (Aquí tiempo para risas, ironías y yatelodijes varios).
Para empezar, odio la expresión "prepararse una oposición". Pero a falta de otra mejor, tendré que emplearla. Para continuar, puede ser que que tal cuenta atrás nunca exista porque no convoquen plazas, pero voy a intentar cogerle el gusto a estudiar por estudiar, es decir, sin ningún objetivo a la vista. Con la desmoralización inicial que esto implica.
El primer paso ha sido convencerme de esta posibilidad profesional. Y convencerme de que lo que estudie uno universitariamente hablando no tiene por qué determinar su futuro (traducción: "no hay por qué trabajar en lo que uno ha estudiado"). Haciendo un análisis de mi vida actual, en la que todo parece ir "de capa caída" excepto mi reciente matrimonio, urge un cambio. Urge un cambio porque no es normal que sólo quiera dormir, que no quiera salir, que no me apetezca hacer nada, que haya perdido la ambición (y el interés) en el trabajo, que sólo busque huir, que cualquier mínima cosa me cueste un gran esfuerzo y que no vea la parte buena que todas las cosas tienen. Entre otros muchos males que no me apetece relatar porque me pongo triste.
El segundo paso ha sido elegir algo hacia lo que encaminar mis pasos. Siempre he dicho que no estaría nada mal ser bibliotecaria (aunque sólo sea porque me gusta mirar, acariciar, ordenar los libros y, por supuesto, leerlos). En la ardua labor de búsqueda de un temario que mínimamente despertara mi interés (la gente se ríe cuando digo que casi es más duro enterarse de qué va este extraño mundo de las oposiciones que estudiarlas en sí) deduje que estudiar historia del libro y ordenación, entre otros 50 temas, no estaría nada mal. Así que si descartamos el coñazo (y perdón por la expresión) que tiene que ser estudiarse la Constitución, el Estatuto de Autonomía y no sé cuántas leyes más, parece que los temas están relacionados con ciertas partes de lo que he estudiado (imprenta y poco más, es cierto) y las otras podrían servirme en el hipotético caso de que decidiera estudiar el máster de gestión cultural o de la información (no sé cómo se llama realmente) que se me ha metido en la cabeza y que me da paso a uno de los pocos doctorados a distancia que he encontrado.
La tercera fase pasa por introducirse en los recovecos de internet hasta dar con algo que se parezca a algunos consejos a seguir. Aunque toda la información es para "iniciados", he encontrado personas dispuestas a ayudarme que me han permitido centrarme vía messenger. Tras conversaciones con desconocidos y deducciones con la almohada he llegado a la conclusión de que lo único factible (y que no sea una pérdida de tiempo) es prepararme las de auxiliar (grupo D) o ayudante (C). Eso significa hacer carnés de socio, colocar libros y atender a los usuarios por unos 1.000 euros al mes, hasta donde yo sé. Me resulta poco prometedor de entrada, pero si pienso que estoy en un trabajo que no me gusta y lo cambio (en el muy improbable caso de que consiguiera, al menos, entrar en bolsa, lo cual ni siquiera sé si merece la pena) por otro que en principio tampoco me gusta, al menos estoy evolucionando hacia un nomegusta más cómodo. Y un nomegusta que me permitiría, con el paso del tiempo, ascender mediante más y más oposiciones a un puesto que a lo mejor sí me llenaría. En este terreno de suposiciones futuras no me encuentro demasiado cómoda, pero como tampoco encuentro nada que me guste hoy por hoy no pierdo nada por descargarme ficheros de internet y comprarme un temario específico de casi 50 euros.
Así que abro esta nueva cuenta atrás (según un señor que no tenía ni idea de nada pero que decía ser preparador de oposiciones, puede tener su fin en septiembre u octubre del año próximo) con tres objetivos: a) que si alguien pasa por aquí y me puede ayudar en lo que sea, lo haga; b) para contaros mis penas y c) para tener un sitio donde contar mis traumas cuando me siento perdida en un campo que no controlo.
Mi fecha tope para empezar a estudiar son las vacaciones de Navidad. El azúcar de polvorones y demás dulces me agiliza el cerebro. Hasta entonces seguiré recopilando cosas útiles, cosas inútiles y cosas que no sé qué son para tener todo dispuesto. Es un regalo que me voy a hacer por reyes. Coincide que tengo (supuestamente) varios días de vacaciones, así que no encontraré otra oportunidad mejor. Mientras tanto, si alguien tiene un temario general (legislación y demás cuentos) que me pueda pasar, prestar o regalar, será bienvenido (también como regalo de reyes, por ejemplo). Y también mientras tanto agradeceré cualquier muestra de apoyo que tengáis a bien darme. Necesito mimitos, sí.
Para empezar, odio la expresión "prepararse una oposición". Pero a falta de otra mejor, tendré que emplearla. Para continuar, puede ser que que tal cuenta atrás nunca exista porque no convoquen plazas, pero voy a intentar cogerle el gusto a estudiar por estudiar, es decir, sin ningún objetivo a la vista. Con la desmoralización inicial que esto implica.
El primer paso ha sido convencerme de esta posibilidad profesional. Y convencerme de que lo que estudie uno universitariamente hablando no tiene por qué determinar su futuro (traducción: "no hay por qué trabajar en lo que uno ha estudiado"). Haciendo un análisis de mi vida actual, en la que todo parece ir "de capa caída" excepto mi reciente matrimonio, urge un cambio. Urge un cambio porque no es normal que sólo quiera dormir, que no quiera salir, que no me apetezca hacer nada, que haya perdido la ambición (y el interés) en el trabajo, que sólo busque huir, que cualquier mínima cosa me cueste un gran esfuerzo y que no vea la parte buena que todas las cosas tienen. Entre otros muchos males que no me apetece relatar porque me pongo triste.
El segundo paso ha sido elegir algo hacia lo que encaminar mis pasos. Siempre he dicho que no estaría nada mal ser bibliotecaria (aunque sólo sea porque me gusta mirar, acariciar, ordenar los libros y, por supuesto, leerlos). En la ardua labor de búsqueda de un temario que mínimamente despertara mi interés (la gente se ríe cuando digo que casi es más duro enterarse de qué va este extraño mundo de las oposiciones que estudiarlas en sí) deduje que estudiar historia del libro y ordenación, entre otros 50 temas, no estaría nada mal. Así que si descartamos el coñazo (y perdón por la expresión) que tiene que ser estudiarse la Constitución, el Estatuto de Autonomía y no sé cuántas leyes más, parece que los temas están relacionados con ciertas partes de lo que he estudiado (imprenta y poco más, es cierto) y las otras podrían servirme en el hipotético caso de que decidiera estudiar el máster de gestión cultural o de la información (no sé cómo se llama realmente) que se me ha metido en la cabeza y que me da paso a uno de los pocos doctorados a distancia que he encontrado.
La tercera fase pasa por introducirse en los recovecos de internet hasta dar con algo que se parezca a algunos consejos a seguir. Aunque toda la información es para "iniciados", he encontrado personas dispuestas a ayudarme que me han permitido centrarme vía messenger. Tras conversaciones con desconocidos y deducciones con la almohada he llegado a la conclusión de que lo único factible (y que no sea una pérdida de tiempo) es prepararme las de auxiliar (grupo D) o ayudante (C). Eso significa hacer carnés de socio, colocar libros y atender a los usuarios por unos 1.000 euros al mes, hasta donde yo sé. Me resulta poco prometedor de entrada, pero si pienso que estoy en un trabajo que no me gusta y lo cambio (en el muy improbable caso de que consiguiera, al menos, entrar en bolsa, lo cual ni siquiera sé si merece la pena) por otro que en principio tampoco me gusta, al menos estoy evolucionando hacia un nomegusta más cómodo. Y un nomegusta que me permitiría, con el paso del tiempo, ascender mediante más y más oposiciones a un puesto que a lo mejor sí me llenaría. En este terreno de suposiciones futuras no me encuentro demasiado cómoda, pero como tampoco encuentro nada que me guste hoy por hoy no pierdo nada por descargarme ficheros de internet y comprarme un temario específico de casi 50 euros.
Así que abro esta nueva cuenta atrás (según un señor que no tenía ni idea de nada pero que decía ser preparador de oposiciones, puede tener su fin en septiembre u octubre del año próximo) con tres objetivos: a) que si alguien pasa por aquí y me puede ayudar en lo que sea, lo haga; b) para contaros mis penas y c) para tener un sitio donde contar mis traumas cuando me siento perdida en un campo que no controlo.
Mi fecha tope para empezar a estudiar son las vacaciones de Navidad. El azúcar de polvorones y demás dulces me agiliza el cerebro. Hasta entonces seguiré recopilando cosas útiles, cosas inútiles y cosas que no sé qué son para tener todo dispuesto. Es un regalo que me voy a hacer por reyes. Coincide que tengo (supuestamente) varios días de vacaciones, así que no encontraré otra oportunidad mejor. Mientras tanto, si alguien tiene un temario general (legislación y demás cuentos) que me pueda pasar, prestar o regalar, será bienvenido (también como regalo de reyes, por ejemplo). Y también mientras tanto agradeceré cualquier muestra de apoyo que tengáis a bien darme. Necesito mimitos, sí.
domingo 15 de noviembre de 2009
Lecturas
Cuando una película me ha gustado, intento echarle un vistazo al libro. Me ayuda a re-ver la película en mi mente, ignorando lo que menos me gustó, potenciando lo que me cautivó y buscando detalles que no salían en la pantalla. Entre ayer por la tarde y hoy he devorado El lector, de Bernhard Schlink.
Recordaréis que Kate Winslet se llevó el Oscar el año pasado por interpretar a Hannah Schmitz (galardón más que merecido). Suelo pasar de nominaciones, pero vi la película sin saber qué me esperaba. El veredicto no pudo haber sido mejor: un regusto entre dulce y amargo en la garganta, sin saber si tenía que llorar o enternecerme. Me pareció un filme magnífico de principio a fin, sin grandes pretensiones, tierno como él solo; me pareció que estrujaba al máximo los personajes, sin aburrir, sin caer en sentimentalismos pero envolviendo de piedad todo el metraje.
La novela es igualmente magnífica. Creo que me hubiera gustado más aún sin haber visto la película, pero es lo que hay. Lo bueno es que completa lo que en la película sólo se dejaba ver de pasada y permite, a lo largo de bastantes páginas (no muchas, en realidad, en total la novela tiene sólo 2oo) profundizar tanto en el terror nazi como el terror al analfabetismo.
Me encanta la historia. No es la primera vez que veo una película sobre lectura (La lectrice, Michel Deville, 1988, fue una de las que más me gustó de aquellas que nos vimos obligados a ver para la asignatura de Narrativa Audiovisual o como se llamara) y sólo oír hablar de ello me llama la atención. Suelen ser películas peculiares, que intentan trascender y decir algo más. Si la película se recrea en los fragmentos que el joven Michael Berg (David Kross) lee a su amante, en el libro no aparece ninguno , pero la vergüenza del analfabetismo está mucho más patente y resulta más y más dolorosa. En la novela el erotismo está mucho más velado, mientras que en la película es lo primero que llama la atención (y muy bien construido, por cierto).
Si tenéis una tarde libre no dudéis en conseguir este libro (me ha costado 7 euros, de verdad) y sumergiros en él. Podéis leerlo rápidamente, disfrutando con la historia, o sumergiros profundamente en él. Da para las dos cosas. Eso sí, cada vez que leo un libro de estos termino arrepintiéndome de haber dejado de estudiar alemán. Y queriendo volver a Cracovia, a Auschwitz.
Recordaréis que Kate Winslet se llevó el Oscar el año pasado por interpretar a Hannah Schmitz (galardón más que merecido). Suelo pasar de nominaciones, pero vi la película sin saber qué me esperaba. El veredicto no pudo haber sido mejor: un regusto entre dulce y amargo en la garganta, sin saber si tenía que llorar o enternecerme. Me pareció un filme magnífico de principio a fin, sin grandes pretensiones, tierno como él solo; me pareció que estrujaba al máximo los personajes, sin aburrir, sin caer en sentimentalismos pero envolviendo de piedad todo el metraje.
La novela es igualmente magnífica. Creo que me hubiera gustado más aún sin haber visto la película, pero es lo que hay. Lo bueno es que completa lo que en la película sólo se dejaba ver de pasada y permite, a lo largo de bastantes páginas (no muchas, en realidad, en total la novela tiene sólo 2oo) profundizar tanto en el terror nazi como el terror al analfabetismo.
Me encanta la historia. No es la primera vez que veo una película sobre lectura (La lectrice, Michel Deville, 1988, fue una de las que más me gustó de aquellas que nos vimos obligados a ver para la asignatura de Narrativa Audiovisual o como se llamara) y sólo oír hablar de ello me llama la atención. Suelen ser películas peculiares, que intentan trascender y decir algo más. Si la película se recrea en los fragmentos que el joven Michael Berg (David Kross) lee a su amante, en el libro no aparece ninguno , pero la vergüenza del analfabetismo está mucho más patente y resulta más y más dolorosa. En la novela el erotismo está mucho más velado, mientras que en la película es lo primero que llama la atención (y muy bien construido, por cierto).
Si tenéis una tarde libre no dudéis en conseguir este libro (me ha costado 7 euros, de verdad) y sumergiros en él. Podéis leerlo rápidamente, disfrutando con la historia, o sumergiros profundamente en él. Da para las dos cosas. Eso sí, cada vez que leo un libro de estos termino arrepintiéndome de haber dejado de estudiar alemán. Y queriendo volver a Cracovia, a Auschwitz.
jueves 12 de noviembre de 2009
¿Hay alguien ahí?
Cuando escribo, pienso en para quién escribo, pero no en quién me leerá. Hoy hablaba de esto con una compañera y concluíamos (al menos yo) que no es mejor que nos lean más, sino que nos lean bien. Es decir, criterios económicos aparte, qué más me da que muchos lean en diagonal un texto mío, que es lo que muchos hacemos con los periódicos. Mejor que sólo uno lo lea bien y le quede algo en la memoria.
En el blog, más de una vez me he visto en la tesitura de tener que suponer quién puede ser que me lea. "¿Cómo has escrito esto? ¿Y si lo lee Fulanito?", "No te metas con Menganito, que lo puede leer" y otras frases parecidas. Quien me dice esto es más consciente que yo de que un blog lo puede ver todo el mundo, aunque no sea así. Pero la posibilidad está ahí. Mi intención no es ir de incógnito, así que cualquiera que me conozca puede reconocerme en estas líneas. Cualquiera puede llegar aquí de rebote, mediante búsquedas de cualquier tema, y encontrarse con que me conoce.
Pero no me preocupa. No me preocupa porque intento que si escribo algo aquí seré capaz de mantenerlo aunque traiga consecuencias negativas. Al menos, es lo que quiero creer. Tendría que verme en la situación. He pasado por algo parecido y sobreviví, así que supongo que volvería a hacerlo.
Hasta ahora, sé que mis amigas de Ciudad Real no me leen (aunque intento no criticar, por si acaso). Sé que mis amigas de Madrid, algunas, me leen de vez en cuando y otras me leen todos los días (todos los que publico, claro). Sé que en el pueblo hay mucha gente que me lee, más de la que me imagino. Desconozco si lo hacen porque les interesa lo que escribo o por mero cotilleo, pero quiero creer que quien busque esto último se cansará enseguida. Me he encontrado en alguna situación más que gratificante en la que alguien con quien no tengo contacto se acerca y me dice que le gusta mi blog. Del trabajo creo que no me lee nadie (bueno, sí, Nacho, o eso dice). ¿Familiares? Mis padres, mis cuñados, mi sobrina y mi tía, que yo sepa. Mi maridito también me lee de vez en cuando (y por eso me compró el Trivial). Gracias al blog han surgido también otros muchos compañeros, a los que no les pongo cara pero sé que están ahí, a los que también visito virtualmente. Y aquí se acaban mis ámbitos de actuación.
Es difícil, en un blog, saber para quién escribes. Muchos colaboráis con comentarios, a los que intento contestar para fomentar eso que llaman interactividad (y que tanto me recuerda el NaúGrafo, que una vez me echó la bronca por no participar en mis propios comentarios). Pero la mayoría estáis ahí, callados, escuchando sin contestar.
A veces me gustaría que os indentificárais, que me dijérais que realmente existís. No para subirme la moral, que también, sino para escribir para vosotros, pensando en vuestros nombres, en vuestras caras. Seguiría diciendo la verdad, pero sabría a quién se la digo. No estaría mal hacer un estudio de la audiencia, pero no os lo voy a pedir. ¿Sabéis por qué? Porque imaginaros tampoco está tan mal.
En el blog, más de una vez me he visto en la tesitura de tener que suponer quién puede ser que me lea. "¿Cómo has escrito esto? ¿Y si lo lee Fulanito?", "No te metas con Menganito, que lo puede leer" y otras frases parecidas. Quien me dice esto es más consciente que yo de que un blog lo puede ver todo el mundo, aunque no sea así. Pero la posibilidad está ahí. Mi intención no es ir de incógnito, así que cualquiera que me conozca puede reconocerme en estas líneas. Cualquiera puede llegar aquí de rebote, mediante búsquedas de cualquier tema, y encontrarse con que me conoce.
Pero no me preocupa. No me preocupa porque intento que si escribo algo aquí seré capaz de mantenerlo aunque traiga consecuencias negativas. Al menos, es lo que quiero creer. Tendría que verme en la situación. He pasado por algo parecido y sobreviví, así que supongo que volvería a hacerlo.
Hasta ahora, sé que mis amigas de Ciudad Real no me leen (aunque intento no criticar, por si acaso). Sé que mis amigas de Madrid, algunas, me leen de vez en cuando y otras me leen todos los días (todos los que publico, claro). Sé que en el pueblo hay mucha gente que me lee, más de la que me imagino. Desconozco si lo hacen porque les interesa lo que escribo o por mero cotilleo, pero quiero creer que quien busque esto último se cansará enseguida. Me he encontrado en alguna situación más que gratificante en la que alguien con quien no tengo contacto se acerca y me dice que le gusta mi blog. Del trabajo creo que no me lee nadie (bueno, sí, Nacho, o eso dice). ¿Familiares? Mis padres, mis cuñados, mi sobrina y mi tía, que yo sepa. Mi maridito también me lee de vez en cuando (y por eso me compró el Trivial). Gracias al blog han surgido también otros muchos compañeros, a los que no les pongo cara pero sé que están ahí, a los que también visito virtualmente. Y aquí se acaban mis ámbitos de actuación.
Es difícil, en un blog, saber para quién escribes. Muchos colaboráis con comentarios, a los que intento contestar para fomentar eso que llaman interactividad (y que tanto me recuerda el NaúGrafo, que una vez me echó la bronca por no participar en mis propios comentarios). Pero la mayoría estáis ahí, callados, escuchando sin contestar.
A veces me gustaría que os indentificárais, que me dijérais que realmente existís. No para subirme la moral, que también, sino para escribir para vosotros, pensando en vuestros nombres, en vuestras caras. Seguiría diciendo la verdad, pero sabría a quién se la digo. No estaría mal hacer un estudio de la audiencia, pero no os lo voy a pedir. ¿Sabéis por qué? Porque imaginaros tampoco está tan mal.
lunes 9 de noviembre de 2009
Los noes y los síes
Me viene que ni pintado el post de La vaga titulado Un no al que le hubiera gustado haber sido un sí. En mi caso, por primera vez en mucho tiempo (puede ser que en toda mi vida) he dicho no cuando he querido decir no. Y no ha pasado nada.
Me dice mi señor marido que debería guardar una poquita de toda mi mala leche para los asuntos de trabajo. Hace tiempo que perdí el miedo a quedarme sin trabajo, pero cuando hoy mi director me ha llamado al despacho no he podido evitar que me temblaran las piernas. Yo, que en el trabajo nunca sé decir no, he dicho no. Me ha costado (con lloros y conversaciones maritales mediante) pero he salido triunfante y ahora, a las 21.00 horas, hasta peso menos.
Hace un año más o menos que conseguí convertirme en redactora, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva. Aunque los temas que trato no son el sueño de mi vida, estoy muy a gusto y tengo un horario privilegiado dentro de los cánones del periodismo. Vamos, que no trabajo fines de semana, no madrugo y a las 21.30 horas estoy en mi casa cada día. Y sin la presión del día a día. No me importaba estar en maquetación, era un trabajo mecánico, fácil y personalmente gratificante porque con ello me gané el cariño (por el interés te quiero, Andrés) de mis compañeros. Es lo que tiene el trabajo en grupo. Pero no quiero volver a ello, no tanto por el trabajo en sí como por los horarios. No quiero renunciar a mis fines de semana, no quiero llegar a medianoche y encontrarme a Alberto durmiendo ya; simplemente, no quiero.
Así que cuando me han propuesto que supla a mi compañera durante más o menos 8 meses, he pedido tiempo para pensarlo. Todo se agolpaba en mi cabeza, así que nada mejor que pedir una segunda opinión. Tras meditarlo (profunda pero rápidamente, que no me gusta darle muchas vueltas a las cosas) he deducido que:
a) volver a maquetación era, profesionalmente, un paso atrás en mi carrera. No es que tenga mucho recorrido, pero no estamos aquí para despreciar los pequeños avances.
b) los horarios son insufribles. Una cosa es que haya que trabajar, y otra cosa es no ver a tu pareja por, y lo digo sin paliativos, un trabajo de mierda.
c) ni siquiera me ofrecían una compensación económica, es decir, era un "pequeño" favor de 8 meses.
Ni siquiera he tenido que dar todas estas razones. Simplemente, he dicho no. Y no ha pasado nada.
A ver. Puede ser que finalmente tenga que ser "sí porque sí" y no me quede otra opción (salvo irme a la poblada cola del paro), pero al menos no habré dado mi brazo a torcer a la primera. Por el momento, recupero mi calidad de vida recién lograda (a la que aún no he conseguido acostumbrarme) y planeo el próximo movimiento laboral de mi vida, muy a largo plazo.
Aquí sigo. Y espero seguir para contarlo.
Me dice mi señor marido que debería guardar una poquita de toda mi mala leche para los asuntos de trabajo. Hace tiempo que perdí el miedo a quedarme sin trabajo, pero cuando hoy mi director me ha llamado al despacho no he podido evitar que me temblaran las piernas. Yo, que en el trabajo nunca sé decir no, he dicho no. Me ha costado (con lloros y conversaciones maritales mediante) pero he salido triunfante y ahora, a las 21.00 horas, hasta peso menos.
Hace un año más o menos que conseguí convertirme en redactora, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva. Aunque los temas que trato no son el sueño de mi vida, estoy muy a gusto y tengo un horario privilegiado dentro de los cánones del periodismo. Vamos, que no trabajo fines de semana, no madrugo y a las 21.30 horas estoy en mi casa cada día. Y sin la presión del día a día. No me importaba estar en maquetación, era un trabajo mecánico, fácil y personalmente gratificante porque con ello me gané el cariño (por el interés te quiero, Andrés) de mis compañeros. Es lo que tiene el trabajo en grupo. Pero no quiero volver a ello, no tanto por el trabajo en sí como por los horarios. No quiero renunciar a mis fines de semana, no quiero llegar a medianoche y encontrarme a Alberto durmiendo ya; simplemente, no quiero.
Así que cuando me han propuesto que supla a mi compañera durante más o menos 8 meses, he pedido tiempo para pensarlo. Todo se agolpaba en mi cabeza, así que nada mejor que pedir una segunda opinión. Tras meditarlo (profunda pero rápidamente, que no me gusta darle muchas vueltas a las cosas) he deducido que:
a) volver a maquetación era, profesionalmente, un paso atrás en mi carrera. No es que tenga mucho recorrido, pero no estamos aquí para despreciar los pequeños avances.
b) los horarios son insufribles. Una cosa es que haya que trabajar, y otra cosa es no ver a tu pareja por, y lo digo sin paliativos, un trabajo de mierda.
c) ni siquiera me ofrecían una compensación económica, es decir, era un "pequeño" favor de 8 meses.
Ni siquiera he tenido que dar todas estas razones. Simplemente, he dicho no. Y no ha pasado nada.
A ver. Puede ser que finalmente tenga que ser "sí porque sí" y no me quede otra opción (salvo irme a la poblada cola del paro), pero al menos no habré dado mi brazo a torcer a la primera. Por el momento, recupero mi calidad de vida recién lograda (a la que aún no he conseguido acostumbrarme) y planeo el próximo movimiento laboral de mi vida, muy a largo plazo.
Aquí sigo. Y espero seguir para contarlo.
domingo 8 de noviembre de 2009
Pequeña satisfacción
En mi afán por volver a ser hiperactiva, algo que he perdido en los últimos meses a causa de un extraño síndrome marmotil que no hace sino obligarme a dormir diez horas al día, hoy he coronado una nueva cumbre: he terminado de pintar mi belén de escayola.
El tiempo total invertido ha sido de tres tardes, eso sí, repartidas a lo largo de un año. Mi idilio con el belén de escayola llegó de repente en un escaparate de una tienda de manualidades. Dos días después ya tenía las cinco figuritas, pinturas y pinceles. Como sólo a mí se me ocurre ponerme a hacer esas cosas a primeros de diciembre, el pobre San José se quedó sin pintar y lució de color blanco todas las navidades pasadas.
Como muchos sabréis, mientras hacíamos el especial de Expohogar (que, por cierto, se ha clausurado hoy después de cuatro días con menos novedades que el polígono de Miguelturra cualquier tarde) me entró la vena artística (aparte de una necesidad imperiosa de ir a Ikea) y decidí, porque sí, que iba a pintar un cuadro. Realmente lo decidió por mí el haber visto un cuadro en internet que, con portes, me costaba casi 150 euros.
En la tienda de manualidades se abrió todo un mundo ante mí, un mundo ya olvidado. Compré el lienzo corriendo para no caer en la tentación de comprar nada más pero antes o después tendré que volver a comprar las pinturas que me hacen falta. Para demostrar a todos los que dicen de mí que empiezo muchas cosas y nunca las acabo que no es así, pensé que sería justo pintar al San José antes de comenzar algo nuevo. ¡Y lo he conseguido! He invertido dos horas esta tarde en pintarlo (con pincel gordo, encima, pobre...) y envejecer las cinco figuras. Ahora toda mi casa es tóxica, pero ha merecido la pena. Ved el resultado:

Los aficionados a las manualidades le podéis sacar todos los fallos que queráis (incluido que la cocina, como fondo, no queda demasiado bien), pero para ser la primera vez, no está nada mal.
Esta hazaña viene a completar otra que llevaba varios días planeando por mi cabeza: que mi pequeño aseo de la planta baja pareciera un baño de verdad. La adquisición de un mueble para sustituir al lavabo de pie que había inicialmente fue la primera fase. La segunda fase se dio ayer, cuando nos recorrimos las tiendas de bricolaje en busca de baldas de cristal, toallero y demás enseres. Por fin, esta mañana, tercera fase y última: bricomanía en estado puro y, por supuesto, limpieza posterior. Ahora parece un baño, pero no pongo fotos para que no me copiéis.
El tiempo total invertido ha sido de tres tardes, eso sí, repartidas a lo largo de un año. Mi idilio con el belén de escayola llegó de repente en un escaparate de una tienda de manualidades. Dos días después ya tenía las cinco figuritas, pinturas y pinceles. Como sólo a mí se me ocurre ponerme a hacer esas cosas a primeros de diciembre, el pobre San José se quedó sin pintar y lució de color blanco todas las navidades pasadas.
Como muchos sabréis, mientras hacíamos el especial de Expohogar (que, por cierto, se ha clausurado hoy después de cuatro días con menos novedades que el polígono de Miguelturra cualquier tarde) me entró la vena artística (aparte de una necesidad imperiosa de ir a Ikea) y decidí, porque sí, que iba a pintar un cuadro. Realmente lo decidió por mí el haber visto un cuadro en internet que, con portes, me costaba casi 150 euros.
En la tienda de manualidades se abrió todo un mundo ante mí, un mundo ya olvidado. Compré el lienzo corriendo para no caer en la tentación de comprar nada más pero antes o después tendré que volver a comprar las pinturas que me hacen falta. Para demostrar a todos los que dicen de mí que empiezo muchas cosas y nunca las acabo que no es así, pensé que sería justo pintar al San José antes de comenzar algo nuevo. ¡Y lo he conseguido! He invertido dos horas esta tarde en pintarlo (con pincel gordo, encima, pobre...) y envejecer las cinco figuras. Ahora toda mi casa es tóxica, pero ha merecido la pena. Ved el resultado:
Los aficionados a las manualidades le podéis sacar todos los fallos que queráis (incluido que la cocina, como fondo, no queda demasiado bien), pero para ser la primera vez, no está nada mal.
Esta hazaña viene a completar otra que llevaba varios días planeando por mi cabeza: que mi pequeño aseo de la planta baja pareciera un baño de verdad. La adquisición de un mueble para sustituir al lavabo de pie que había inicialmente fue la primera fase. La segunda fase se dio ayer, cuando nos recorrimos las tiendas de bricolaje en busca de baldas de cristal, toallero y demás enseres. Por fin, esta mañana, tercera fase y última: bricomanía en estado puro y, por supuesto, limpieza posterior. Ahora parece un baño, pero no pongo fotos para que no me copiéis.
viernes 6 de noviembre de 2009
Amistad
Lo mejor de la adolescencia es, sin duda, las amistades profundas que se traban. Que sean profundas no quiere decir que sean duraderas, pero es cierto que las amigas-amigas de la adolescencia, mientras lo son, son nuestra vida.
Ojalá pudiéramos contar, en la edad adulta, con alguien que sólo con mirarnos, con estar a nuestro lado, supiera lo que pensamos y cómo nos sentimos. En la adolescencia, sólo las amigas nos comprenden. Y no hace falta que les expliquemos qué nos pasa: con saber cómo nos saluda por la mañana, al ir al colegio o al instituto, sabemos si se ha peleado con sus padres, si va a ver al chico que le gusta, si le ha venido la regla por primera vez o si no tiene ganas de acudir a una celebración familiar. El sentimiento de hermandad es tal que no hacen falta palabras.
Lo importante en estas amistades es que las dos personas (porque rara vez este tipo de amistad admite a más de dos) están al mismo nivel. Puede que una saque buenas notas y otra malas, que sus padres estén separados o casados o que una le gusta al chico y otra no, pero las sensaciones, las emociones, los objetivos en la vida, las ansiedades, las alegrías... son idénticas. Esto se pierde con el paso del tiempo, los abismos entre ambas se agrandan y poco a poco se vuelven insalvables.
Creo que perdí a mis amigas de la infancia cuando una pronunció en voz alta: "Odio a mi madre" y en vez de contestar: "En cuanto crezcamos nos libraremos de ella", dije: "Seguro que lo hace por tu bien". Entonces se abrió el precipicio entre nosotras y los días siguientes sólo fueron agrandando el vacío que había entre ambas.
Nunca en la vida se vuelve a tener una amistad como en la adolescencia. Tendremos parejas que nos comprendan mejor o peor. Tendremos compañeros de trabajo con los que pasaremos la mayor parte de nuestro tiempo. Incluso tendremos amigos de verdad, a los que podremos pedir prestado dinero, dejar a nuestros hijos a su cuidado y confesarles nuestras inquietudes. Pero nunca, nunca, se vive con la misma intensidad que en la adolescencia. Y es que la amistad en esta época es egoista por naturaleza y en ese egoísmo, aunque parezca contradictorio, está su grandeza.
Sólo pasando de las cosas terrenales, obviando los intereses de una y otra, llegamos a comunicarnos con otra persona corazón a corazón. Primero una tiene que decidir si estudia o no (primer abismo), después trabaja en una cosa o en otra (segundo abismo), posteriormente elige o se compromete con una pareja (tercer abismo... y celos), más tarde viene la independencia (cuarto abismo: mi casa es más grande/bonita/cara que la tuya) y así continuamente hasta que la distancia es insalvable. Estos sucesivos precipicios no quieren decir que no se pueda tener amigos pese a estas dificultades (es más, los amigos se definen precisamente por ello) pero ya no podemos navegar en el interior de otro mejor que en nuestro propio interior.
Quizá porque se pierde el romanticismo, porque pasada una edad ya no nos creemos invencibles, quizá porque las complejidades adolescentes son emotivamente complejas pero no realmente complejas... quizá porque después de esa adolescencia es cuando realmente empezamos a diferenciarnos unos de otros. Pero qué no daríamos ahora (con 25, con 35, con 45 años...) por tener alguien (que no fuera familiar ni pareja, por aquello de los intereses) que realmente mirara dentro de nosotros y supiera explicar (no, mejor, que supiera comprender) qué nos sucede. No nos daría soluciones, pero no nos sentiríamos tan solos.
Ojalá pudiéramos contar, en la edad adulta, con alguien que sólo con mirarnos, con estar a nuestro lado, supiera lo que pensamos y cómo nos sentimos. En la adolescencia, sólo las amigas nos comprenden. Y no hace falta que les expliquemos qué nos pasa: con saber cómo nos saluda por la mañana, al ir al colegio o al instituto, sabemos si se ha peleado con sus padres, si va a ver al chico que le gusta, si le ha venido la regla por primera vez o si no tiene ganas de acudir a una celebración familiar. El sentimiento de hermandad es tal que no hacen falta palabras.
Lo importante en estas amistades es que las dos personas (porque rara vez este tipo de amistad admite a más de dos) están al mismo nivel. Puede que una saque buenas notas y otra malas, que sus padres estén separados o casados o que una le gusta al chico y otra no, pero las sensaciones, las emociones, los objetivos en la vida, las ansiedades, las alegrías... son idénticas. Esto se pierde con el paso del tiempo, los abismos entre ambas se agrandan y poco a poco se vuelven insalvables.
Creo que perdí a mis amigas de la infancia cuando una pronunció en voz alta: "Odio a mi madre" y en vez de contestar: "En cuanto crezcamos nos libraremos de ella", dije: "Seguro que lo hace por tu bien". Entonces se abrió el precipicio entre nosotras y los días siguientes sólo fueron agrandando el vacío que había entre ambas.
Nunca en la vida se vuelve a tener una amistad como en la adolescencia. Tendremos parejas que nos comprendan mejor o peor. Tendremos compañeros de trabajo con los que pasaremos la mayor parte de nuestro tiempo. Incluso tendremos amigos de verdad, a los que podremos pedir prestado dinero, dejar a nuestros hijos a su cuidado y confesarles nuestras inquietudes. Pero nunca, nunca, se vive con la misma intensidad que en la adolescencia. Y es que la amistad en esta época es egoista por naturaleza y en ese egoísmo, aunque parezca contradictorio, está su grandeza.
Sólo pasando de las cosas terrenales, obviando los intereses de una y otra, llegamos a comunicarnos con otra persona corazón a corazón. Primero una tiene que decidir si estudia o no (primer abismo), después trabaja en una cosa o en otra (segundo abismo), posteriormente elige o se compromete con una pareja (tercer abismo... y celos), más tarde viene la independencia (cuarto abismo: mi casa es más grande/bonita/cara que la tuya) y así continuamente hasta que la distancia es insalvable. Estos sucesivos precipicios no quieren decir que no se pueda tener amigos pese a estas dificultades (es más, los amigos se definen precisamente por ello) pero ya no podemos navegar en el interior de otro mejor que en nuestro propio interior.
Quizá porque se pierde el romanticismo, porque pasada una edad ya no nos creemos invencibles, quizá porque las complejidades adolescentes son emotivamente complejas pero no realmente complejas... quizá porque después de esa adolescencia es cuando realmente empezamos a diferenciarnos unos de otros. Pero qué no daríamos ahora (con 25, con 35, con 45 años...) por tener alguien (que no fuera familiar ni pareja, por aquello de los intereses) que realmente mirara dentro de nosotros y supiera explicar (no, mejor, que supiera comprender) qué nos sucede. No nos daría soluciones, pero no nos sentiríamos tan solos.
Etiquetas:
adolescencia amistad comprensión egoísmo
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
